Soy Lina, cofundadora de LEM. Antes de acompañar a otros a construir su camino en Australia, yo tuve que construir el mío — y no empezó como una historia perfecta de Instagram.

Crecí en un barrio de estrato 2 en Bogotá. Estudié un tecnólogo en el SENA y, después, gracias a una beca del 100%, pude estudiar Hotelería y Turismo. Fue mi primera gran victoria: la prueba de que sí podía progresar.

Pero cuando terminé la carrera me enfrenté a una realidad dura: en hotelería, sin experiencia internacional y sin inglés, las puertas se cierran rápido. Ahí se me metió la idea de irme a estudiar inglés al extranjero. Empecé a investigar países, programas, posibilidades... y así llegué a una agencia en Bogotá.

La promesa que casi lo compra todo

Entré a una oficina pequeña, con afiches brillantes de una vida perfecta. La asesora me habló como si tuviera en sus manos la llave de mi destino: "Australia es la solución a todos tus problemas. Con solo hablar español puedes conseguir trabajo como manager." Sonaba demasiado fácil. Demasiado bueno.

No tenía ahorros. Mis papás tampoco podían ayudarme. Pedí un préstamo, firmé papeles sin pensarlo del todo, y me entregué a la ilusión de que mi vida empezaría de cero al otro lado del mundo. Pagué todo lo que la agencia ofrecía: el curso, la recogida en el aeropuerto, la SIM card. Sonaba tan organizado que sentí que, al llegar, el camino ya estaría pavimentado para mí.

No lo estaba.

"No sabía entonces que el precio sería mucho más alto que la deuda del banco."

Lo que nadie me explicó

Nadie me habló con honestidad de lo que significa realmente empezar de cero: del inglés que se aprende a las malas, del dinero que se agota mucho más rápido de lo previsto, ni de que "seis meses" casi nunca alcanza para lo que uno se imagina. Me vendieron un sueño, no una hoja de ruta.

Mis papás me miraron con preocupación antes de viajar. "Hija, ¿estás segura? Allá es duro", me dijeron. Y yo, con la seguridad de quien cree que la vida es un tablero de juego, les contesté que sí. Que si mi hermano pudo, yo también podía.

Tenía razón en algo: sí pude. Pero no de la forma fácil que me habían prometido.

Por qué esto es exactamente lo que LEM intenta cambiar

Ocho años después, con Andrés fundamos LEM porque los dos vivimos esa misma escena: una oficina, una promesa perfecta y ninguna mención real de lo que implica el proceso. No creemos en vender sueños. Creemos en dar información real — costos, tiempos, visado, expectativas honestas — para que la decisión de irte sea tuya, informada, y no la de un vendedor con una meta de ventas.

Si quieres conocer en detalle las señales que hoy reconozco para identificar una agencia poco confiable — las mismas que a mí nadie me explicó — te las cuento en este artículo.

Si estás en el punto donde yo estaba hace ocho años, con la ilusión intacta y muchas preguntas sin responder, hablemos antes de que firmes nada.