La pregunta que más me hacen desde que volví no es cómo me fue en Australia. Es: “¿y por qué te devolviste?”. Y viene con una cara. Una cara de que algo salió mal.
No salió mal. Volví con mi pareja, por decisión propia, después de ocho años, con un idioma nuevo, una carrera hecha desde cero y una empresa en la cabeza. Pero sí volví por una razón concreta, y esa razón es la lección más cara que tengo para dar.
¿Por qué volví a Colombia después de ocho años en Australia?
Porque desde el principio no hicimos camino hacia la residencia y, después de ocho años, no quisimos seguir invirtiendo dinero en algo incierto.
Esa es la versión corta y es literal. Mi pareja y yo miramos la situación con calma: llevábamos años estudiando y trabajando, teníamos vida armada, pero la ruta migratoria hacia quedarnos de forma permanente nunca se construyó. No porque nos hubiera pasado algo, sino porque nunca la habíamos empezado a construir.
Y cuando ya llevas ese tiempo, cada año adicional cuesta plata real: otro curso, otra visa, otro seguro. Llega un punto en el que la pregunta deja de ser “¿me gusta vivir aquí?” y pasa a ser “¿cuánto más estoy dispuesta a pagar por una posibilidad que no tengo garantizada?”. Nuestra respuesta fue: hasta aquí.
¿Por qué no hicimos camino a la residencia?
Porque tomamos las decisiones de estudio pensando en el corto plazo, y porque nuestras profesiones no estaban en la lista de ocupaciones que Australia necesita.
Dos cosas se juntaron. La primera: al principio yo elegía cursos por lo que me servía en ese momento —lo más económico, lo que me daba tiempo para trabajar, lo que encajaba con el sueldo de esa temporada—. Nunca elegí pensando en si eso me acercaba a una residencia, porque en ese momento la residencia ni siquiera estaba en mi cabeza. Sobre ese error escribí completo en por qué las decisiones del día 1 definen si te puedes quedar.
La segunda: Australia no reparte residencias por antigüedad ni por buen comportamiento. Las reparte —en buena parte— según las ocupaciones que necesita, y esas listas cambian. Si tu profesión no está ahí, el camino es mucho más estrecho, por más años y por más impuestos que hayas pagado. Eso lo explico sin rodeos en si estudiar en Australia te lleva automáticamente a la residencia permanente. Spoiler: no.
¿Volver es un fracaso?
No. Volver es una decisión, igual que irse. El fracaso sería quedarse pagando años enteros por una puerta que ya sabes que no se abrirá.
Me costó tiempo llegar a esta frase sin que me temblara la voz. Hay una narrativa fuerte en nuestra cultura: el que se va y vuelve, “no aguantó”. Y no es así. Yo volví con un inglés que no tenía, con ocho años de experiencia laboral desde limpiadora hasta manager de hotel, con una pareja y con un proyecto propio.
Lo que sí quiero es que la gente vuelva por decisión y no por sorpresa. Que no se despierte a los siete años dándose cuenta de que la puerta que creía abierta nunca lo estuvo. Esa es la diferencia entre volver tranquilo y volver amargado.
“No me devolví porque no pude. Me devolví porque hicimos cuentas y la respuesta fue honesta.”
¿Qué haría distinto si empezara hoy?
Definiría desde el día uno si mi meta es aprender inglés, ganar experiencia o quedarme. Y elegiría cada curso en función de esa respuesta.
No me habría ido con la idea de quedarme a la fuerza. Pero sí habría hecho la pregunta a tiempo. Habría averiguado, antes de pagar el primer curso, qué caminos existían para alguien con mi perfil, qué ocupaciones estaban en las listas y qué estudios se conectan con visas de trabajo posteriores.
Habría mirado con calma qué curso conviene si tu meta real es quedarte más tiempo y también cómo funciona la visa 485 después de estudiar. No para garantizarme nada —eso nadie te lo puede garantizar—, sino para saber en qué juego estaba jugando.
Y algo más: habría puesto un límite de plata desde el comienzo. Un número que, al llegar a él, obliga a sentarse a revisar. Nosotros lo hicimos, pero tarde.
¿Me arrepiento de los ocho años?
De ninguno. Ese tiempo me dio idioma, carrera, pareja y criterio. Lo único que cambiaría es haber sabido antes qué estaba eligiendo.
Australia me cambió la vida en el sentido menos publicitario del término. No me hizo rica ni me dio un pasaporte. Me dio herramientas. Me enseñó a trabajar duro sin sentirme menos, me quitó la vergüenza de empezar desde abajo y me enseñó un oficio que hoy es mi trabajo: acompañar a otras personas a hacer esto con más información de la que yo tuve.
Hoy vivimos en Colombia y operamos LEM desde acá. Y esa parte también es una respuesta: se puede volver y seguir construyendo. La historia larga de por qué el plan se estiró tanto está en me fui por seis meses y me quedé ocho años.
Lo que yo haría en tu lugar
Si te vas por el idioma y la experiencia, vete tranquilo y disfrútalo. Si te vas con la intención real de quedarte, no dejes esa conversación para el año tres: tenla antes de pagar el primer curso, con alguien que te diga la verdad aunque no te guste. Para casos migratorios complejos, siempre con fuentes oficiales o un agente registrado.
Y si estás pensando en volver, no dejes que el qué dirán decida por ti. Escríbeme y lo hablamos. Yo ya estuve de los dos lados de esa decisión.