De todo lo que he escrito en este blog, este es el artículo que más me costó. Porque contar solo lo bonito de Australia sería mentirte, y yo prometí, desde que empecé a compartir mi experiencia en nuestro canal Queremos Viajar, no maquillar nada.
Así que aquí van, con el cuidado que merecen, algunos de los momentos más duros de mis ocho años allá.
Cuando el trabajo dejó de sentirse seguro
Viví situaciones en distintos trabajos donde no me trataron con respeto: jefes que gritaban, que se aprovechaban de que yo era nueva, extranjera y apenas hablaba inglés. Hubo momentos en los que sentí miedo real — no solo del trabajo duro, sino de personas que confundieron mi necesidad de un empleo con una oportunidad para faltarme al respeto.
Me tomó tiempo aprender algo que hoy repito siempre: pedir ayuda no es debilidad, y ninguna necesidad económica justifica que alguien te trate mal. Aprendí a decir "hasta aquí", a buscar apoyo — en amigas, en supervisores justos, en mi pareja — y a entender que quedarme en silencio solo alargaba la situación.
La llamada que cambió todo
El golpe más duro de mi vida en Australia no vino del trabajo ni del idioma. Llevaba un año allá cuando recibí la noticia de que mi papá tenía cáncer terminal. Viajé de emergencia a Colombia, con el corazón roto, sin saber si llegaría a tiempo.
Alcancé a despedirme de él. Estuve a su lado, junto a mi mamá, hasta el final. Fue, sin duda, la experiencia más dolorosa de mi vida — y vivirla en parte lejos de casa, con la distancia siempre de por medio, es algo que no le deseo a nadie.
"Mi papá me dejó la lección más grande de todas: la vida hay que vivirla de forma que, cuando llegue el final, puedas decir 'ya hice todo lo que quería hacer'."
Volver a Australia después de su muerte no fue como la primera vez, llena de ilusiones. Regresé con un vacío enorme, y pasar ese duelo lejos de mi familia fue de las experiencias más difíciles que le pueden tocar a un migrante: no tienes a los tuyos para sostenerte en el momento en que más los necesitas.
Cuando el cuerpo también cobra factura
El estrés acumulado de tantos años trabajando sin descanso, sumado al duelo, terminó pasándome factura físicamente: mucho cansancio, cambios en mi salud que nunca había vivido antes. Fue una llamada de atención dura, pero necesaria: aprender a parar, a pedir ayuda profesional, y a tomarme en serio mi propio bienestar, no solo mi productividad.
Por qué te cuento esto
No te cuento estos momentos para asustarte. Te los cuento porque si algún día vives algo parecido, quiero que sepas que no eres el único, y que sí se puede salir adelante. Yo lo hice apoyándome en terapia, en amigas que se convirtieron en familia, y en la certeza de que el dolor, aunque real, no dura para siempre.
Y también te cuento esto porque es la razón por la que existe LEM: para que, si decides vivir esta experiencia, no la vivas tan sola como yo la viví al principio. Acompañar de verdad significa estar ahí también en los momentos difíciles, no solo en las fotos bonitas.