Después de casi 40 horas de viaje, puse un pie en Melbourne agotada, sin hablar inglés y sin conocer a nadie. Busqué el wifi del aeropuerto para llamar a la agencia que me había prometido "todo incluido: recogida en el aeropuerto, SIM card"... Silencio absoluto. Nadie contestó.

Me senté en una banca y lloré de frustración. Estaba en otro país, sin idioma, sin contactos, sin idea de cómo moverme. Por suerte tenía un contacto de un chico colombiano que me había rentado un cuarto desde antes de viajar. Con el corazón apretado, tomé el bus que me indicó, y varias estaciones después, lo encontré. Fue como encontrar un salvavidas en medio del mar.

El alojamiento no era lo que esperaba — compartí espacio con varias personas más y, durante mis primeras semanas, dormí en un colchón inflable. No fue cómodo, pero fue el comienzo.

Diez atunes y una amiga que apareció justo a tiempo

Mi mamá había insistido en meter latas de atún en mi maleta. "Mami, ¿quién viaja con atunes?", le dije. Ella, terca como siempre: "Uno nunca sabe." Tenía razón. Esas diez latas fueron mi plan de supervivencia los primeros diez días: un atún por día mientras encontraba trabajo.

Esos primeros días también conocí a Camila, una desconocida que me pasaron por contacto y a quien le escribí sin muchas esperanzas: "Hola, tú no me conoces, pero llegué hoy a Melbourne, no hablo inglés, no conozco a nadie." Ella respondió en minutos. Se convirtió en mi ángel en Australia: me enseñó a moverme, me ayudó a abrir mi cuenta bancaria, me armó el CV, y sobre todo, me hizo sentir menos sola.

"Camila me dio la primera lección de modernidad australiana: 'Lina, tienes que usar Google Maps. Ese va a ser tu mejor amigo aquí.'"

El choque cultural, entre risas y vergüenza

El choque cultural llegó rápido, y a veces entre risas. Mi primer día de clase saludé a una compañera china con beso y abrazo, como en Colombia — ella casi se desmaya de la sorpresa. Aprendí, roja de la pena, que en Australia no todo el mundo saluda igual.

Ese mismo día, en una dinámica de "¿qué es lo más raro que has comido?", quise decir "hormigas" en inglés y mi pronunciación sonó tan mal que mi compañera entendió "manos". Pensó que yo era caníbal. Nos reímos tanto que ese error se volvió el comienzo de una amistad.

Y hubo errores más torpes todavía: un día le pregunté a una huésped del hotel donde trabajaba si necesitaba "soup" (sopa) en vez de "soap" (jabón). La señora me miró confundida y cerró la puerta. Mi compañero tailandés, muerto de la risa, tuvo que salvarme. Cada error, por vergonzoso que fuera, terminaba enseñándome algo que ningún libro de inglés me había explicado.

Lo que este capítulo me enseñó

Aprendí que el choque cultural no es solo el idioma: es aprender a saludar distinto, a pedir ayuda sin pena, a reírte de tus propios errores para poder seguir intentando. Y aprendí que encontrar a una sola persona dispuesta a ayudarte — como Camila — puede cambiar por completo cómo se siente empezar de cero.

Lo que vino después — mis primeros trabajos en Australia, incluidas esas famosas latas de atún que se acabaron rápido — tiene su propia historia, que cuento en este artículo.

En LEM, justamente por esto, no te dejamos llegar solo. Preparamos contigo lo que sí se puede planear con anticipación, para que lo demás — que también llegará — lo enfrentes con más herramientas de las que yo tuve al principio.